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¿Qué le pasaba a Sacheri el día que ganó el Alfaguara?

debmedia

Eduardo, en vos convergen un escritor, un historiador, un docente.

Hay un vínculo en esto de que a la historia la construimos como relato. Es una charla motivacional, más allá de que sea una ciencia. Una narración que busca comprender. Y escribir ficción es lo mismo, aunque con un objetivo muy personal. Escribí este workshop para entender y para tolerar la vida misma. Cuando nos interrogamos como historiadores lo hacemos sobre una sociedad o una cultura, cuando escribo ficción siempre me estoy preguntando sobre cuestiones mías, que a lo mejor no tengo del todo claras en el momento: para mí, la escritura es una cosa muy catártica.Eduardo Sacheri, en el diván del doctor José Eduardo Abadi.

¿Cómo pensás el cine histórico que se hizo? Sos profesor de historia, hacés literatura y escribís guiones.

Si uno va al cine con la pretensión de alumbrar una verdad definitiva, estamos equivocados. Hay dos películas históricas recientes, una sobre San Martín y otra sobre Belgrano, que tienen la virtud de la apertura y de evitar cierta solemnidad y ciertas cosas conclusivas. Las versiones clásicas son distintas.

Cuando sos guionista, ¿proponés una idea o te contratan para que escribas lo que a otros se les ocurrió?

A veces han sido adaptaciones de libros míos, como en el caso de El secreto de sus ojos o de Papeles en el viento, que desde el mundo del cine vienen y me dicen “¿Qué te parece si hacemos una película con tu historia?” Juan José Campanella me planteó si me prendía para trabajar en Metegol, que era sobre la base de un cuento de Fontanarrosa. Estoy escribiendo sobre la conquista española de Chile para hacer ocho capítulos para Chilevisión, teniendo en cuenta una novela de Isabel Allende que se llama Inés del alma mía. Me convocan y voy, pero no se me ocurren películas.

¿Al escribir un libro no pensás que ese libro va a ser una película?

No, aunque me gusta que suceda. Y creo que si me lo plantease, arruinaría la cosa, la entorpecería al menos.

¿Qué lugar guardás cuando tu libro se transforma en película? ¿Sos doctor del guión junto con el director?

Hasta ahora, sí. Cuando sale la película, ya tomé cierta distancia. Ahora, el proceso de confección es una etapa difícil, conflictiva, frustrante por momentos. El trabajo de un escritor es muy solitario. Y en general los que escribimos literatura agradecemos esa soledad, nos gusta. El cine es colectivo. Entonces, esto de sentarte, aunque sea con el director, a discutir, a negociar, a proponer, a perder, es una buena lección de humildad. Hay un libro que escribís y, después, empieza a haber otro montón de libros que la gente lee, tantos libros como lectores. Y el director de la película es uno de esos lectores. El libro es una cosa, la película es otra. Igual, si siento que los personajes, al ser filmados, tienen más o menos la fisonomía sentimental de los míos, ahí me quedo tranquilo.

Es decir, aquellas historias mías vestidas como están, latiendo en cada uno de los personajes, las puedo empáticamente sentir. Bueno, estoy ahí. Es ese punto tan delicado donde uno permite que el otro se adueñe de lo de uno para ser también del otro.

Sí, pero también requiere buena gente del otro lado. Me sentí muy bien trabajando con Campanella y con Juan Taratuto, quien dirigió Papeles en el viento. No sé si con cualquier director me pasaría eso.

Es muy difícil lo que hacés, ¿sabés?

Insisto en que el guión es una lección de humildad literaria. No podés sobrecargarlo de palabras, ni sobrecargar a tus personajes de cosas dichas: un pecado que uno ve materializado en el cine.

Hay que hacer un laburo interno en Eduardo Sacheri para que un escritor de novelas pueda decir eso. Es una labor interna también a nivel psicológico, a nivel afectivo.

En nuestra vida cotidiana, sin duda, pensamos y sentimos con profundidad, pero no hablamos con esa profundidad, escondemos con el lenguaje. En general tendemos a neutralizar mucho con lo que decimos, no así con lo que hacemos. Si nuestra palabra se vuelve artificial, el espectador se despega.

No te interesa estar diciendo mensajes, te interesa contar historias.

Eso es lo que me interesa: contar historias. Creo que hago con lo que escribo lo que me gusta que me hagan a mí. Cuando leo un libro, quiero que me cuenten una historia; cuando veo una película, quiero que me cuenten una historia. Entre nosotros, ¿quién soy yo para dejar un mensaje?

¿Quién es nadie para dejar un mensaje? Tiene que ver con lo solemne.

Creo que sí. Lo que no significa que no me encante que venga un lector y me diga: “Leí tu novela y me disparó pensar sobre unas cosas mías”. Uno siente que esa persona encontró el mensaje. Es otro tema eso. Y me gusta que me pase lo mismo como lector.

¿Cómo elegiste estudiar Historia?

Era la única materia que me gustaba en el Nacional de Morón, el Dorrego, uno de los viejos colegios del oeste del Gran Buenos Aires, que es de donde vengo. Y, además, lo relaciono con mi abuela, una gran contadora de historias familiares. Era hija de españoles, casada con un español y nacida acá. Yo le preguntaba y ella me contaba toda la constelación familiar con gusto.

Disfrutaba del relato.

Y yo disfrutaba de escucharla. Sobre todo, después de la muerte de mi padre…

¿Fue temprano?

Muy temprano, de cáncer. Yo tenía diez años. Ha sido una herida muy profunda en mi niñez. Y, después de eso, mi madre, odontóloga, tuvo que salir a trabajar todos los días y a todas horas, y mi abuela pasó a ocupar un lugar importante en el día a día, en esperarme a la llegada del colegio. Siempre tuve una fuerte curiosidad por nuestra historia. Y mis viejos también siempre estuvieron muy dispuestos a satisfacer esa curiosidad. Mi viejo murió en el 78, pero recuerdo que en casa se hablaba de política. Mi abuela y mi papá, que eran radicales, me respondían. No estaba esa cosa de “vos sos chiquito, esto no es para que hablemos con vos”. Esa inclusión generosa también fue muy útil para mi curiosidad.

Para ser historiador, hay que ser curioso. Y la curiosidad tiene que ver con la pregunta, no es ir por lo que ya está, sino preguntarse si lo que está es eso o puede ser otra cosa. Qué importantes son tu abuela y tu padre en tu historia. Cuando se nos va temprano una persona muy amada y deja esa marca profunda, si ella me cuenta la historia me lo trae de nuevo: “Contame la historia del que no está, ponele palabras a su ser”. Es una manera de presentificar y de permitir elaborar esa partida anticipada que nos generó el destino.

La historia tiene algo reparador. Contar historias, cuando lo hice desde los veintitantos, recreó esa función.

Tiene reparación e innovación. Mirá qué manera rica de elaborar: la tristeza de una pérdida, el amor de una abuela y la curiosidad de un muchacho logran convertir una labor futura en creación.

Cuando estudiaba en la universidad, me imaginaba un futuro académico de producción de conocimiento. Pero una comunidad muy estrechita de historiadores me defraudó muy rápido, me sentí como en una secta pequeña y muy aburrida. Aparte, eso exigía ciertos ademanes repetitivos para estar.

¿A qué edad te casaste?

A los 24. Nos pusimos de novios con mi mujer en el quinto año de secundario, cumplimos 30 años el año pasado. Y tenemos dos hijos, uno de 19 y una de 15.

¿Y te llevas bien con tus pibes?

Creo que sí. Habría que preguntarles a ellos. Soy un padre bastante presente, espero no demasiado. Pero esa experiencia tan traumática de la que hablamos, me dispuso a ocupar un sitio y a estar, a aprovechar el tiempo y a disfrutar.

¿No militás en política ni nada de eso? Por la ascendencia radical que contaste de tu papá…

No, pero voto en las internas: soy afiliado radical. Tengo un compromiso de honor con mi padre. Y supongo que el compromiso sigue siendo ese por lo que busco razones actuales para continuar haciéndolo. De todos modos, confieso que soy muy prudente, en el sentido de que evito la confrontación en general. Evito ser muy explícito con mis ideas políticas, aunque no sólo por no ingresar en esa confrontación, sino porque no considero que lo que pienso deba importar. Si escribo un libro, me interesa que opinen y que la gente lea, pero de mis opiniones políticas no tengo ninguna autoridad que me confiera una voz para ser escuchado. Lo aprendí en los últimos años porque una mínima trascendencia pública hace que te interroguen sobre lo que pensás. Y me pregunté para qué es importante lo que yo pienso. Ojo: con el fútbol me pasa lo mismo. Me preguntan cómo está Independiente. Soy un hincha, nada más, no un experto ni un técnico, lo sigo pero soy un hincha. Con mi hijo vamos siempre a la cancha, no nos perdemos un partido. Hablo de Independiente pero como esa gente que está en la popular con siete personas alrededor. En esa escala, está bien. Lo mismo pasa con la política.

¿Fue sorpresa el Premio Alfaguara?

Era la tercera vez que me presentaba. Y era una sorpresa deseada. Porque el Oscar de El secreto de sus ojos se relaciona con esto del mundo que yo siento propio y del mundo en el que me siento invitado. El Oscar es un premio estupendo y fenomenal y que a todos los que tuvimos que ver con la película nos ayudó un montón. Viene bárbaro a nivel trabajo sobre todo. Pero el Alfaguara es un premio literario, es un premio de libro.

Por eso el lugar de la novela del que hablás: “Ese es mi lugar, soy yo plenamente, y ese premio es Sacheri con cada una de las letras”. Pero te preguntaba si fue sorpresa .

Se comunicaron el mismo día que se reunió el jurado en Madrid y ese llamado llegó a las 6 y 30 de la mañana.

Despertaste a tu mujer…

Vos sabés que mi hermano mayor había tenido un accidente cerebro vascular una semana antes. Y eso realmente te ubica. Lo digo en el sentido de que yo venía tachando los días: el 5 de abril era lo de Alfaguara y el 30 de marzo fue lo de mi hermano. Así que desaparecieron el Alfaguara y todo lo demás. Por suerte, se está recuperando muy bien. Pero es ahí que vos ponés las perspectivas como son, porque cuando sonó el teléfono –repito: a las 6 y 30–, lo primero en que pensé fue que era una cuestión de la clínica y de mi hermano. Cuando atendió mi mujer y dijo “ah, sí, ya le paso”, pero con un tono cordial y coloquial y entendí con quién hablaba desde España, hubo una sorpresa y una felicidad.

Aparte, es mucha plata la que se gana por este premio. No sé si te dan todo o te sacan.

Te sacan de ganancia el 30 y pico por ciento y te quedan 120 mil dólares. ¿Sabés cómo lo traduzco? En dos departamentitos. Con El secreto de sus ojos, me fue posible comprar mi casa. Y este premio posibilitará dos departamentitos para mis hijos.

Estás en un proyecto con Campanella para una película futura, ¿no?

Sí, estamos divagando porque es un guión original, no es sobre una novela mía. El tenía un par de ideas dando vueltas cuando nos juntamos a hacer El secreto de sus ojos y finalmente hicimos esa película. De manera que ahora estamos navegando, nos juntamos, charlamos. Andamos con muchas ganas de trabajar juntos.