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Rosa, cereza y coral, los tres colores de la temporada

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Katie Holmes, Odeya Rush y Taylor Swift con look combinado ‘rojo sobre rosa’, perfecto para damas de honor

La premiere de ‘The Giver’ en Nueva York nos dejaba hace unos días uno de los mejores looks de la temporada, por triplicado. Las protagonistas: tres de los nombres femeninos que encabezan la cinta, la veterana Katie Holmes, la cantante de country Taylor Swift y la actriz de origen israelí Odeya Rush, que dominaron la red carpet neoyorquina con uno de los mejores juegos de color del verano.

Más inspiración nupcial: el recogido trenzado de Odeya Rush

La gama elegida: el rojo sobre rosa, una fórmula complicada (¿quién no ha escuchado alguna vez eso de ‘rojo y rosa se matan’?) pero que puede dar resultados excelentes en el armario de fiesta si se acierta con la tonalidad adecuada (carmín y rosa-pastel-casi-nude en este caso). De hecho, y casi sin darse cuenta, el trío de actrices nos servía en bandeja un ejemplo perfecto de cómo coordinar a las damas de honor para que puedan llevar vestidos de fiesta largos diferentes, que se adapten al estilo e incluso silueta de cada una, pero que guarden un fuerte nexo común en el terreno del color.null

Los vestidos: el de Taylor Swift, un Monique Lhuillier Resort, que mantiene vivo el espíritu del crop-top con cuerpo en color rojo con escote geométrico y abertura a la espalda, y falda ligeramente abullonada imitando la corola de una flor. El de Katie Holmes lo encontramos en la colección de verano de Zac Posen, y está pensado para favorecer al máximo la silueta femenina, potenciando la forma de la cintura con drapeados cruzados, cuello en pico y una capa corta a la espalda. La más joven de las tres, la actriz de 17 años Odeya Rush, se desmarcaba con la única pieza de Alta Costura del trío: un Georges Hobeika en rojo pasión, con falda larga de gasa, cuerpo sin mangas con cuello redondo y bordados de pedrería, y un pequeño cinturón con lazo al frente.

Los Emmy sentenciaban el coral como el color estrella del verano 2104

El crop-top también se asomaba esta misma semana a la alfombra roja de los premios Emmy, sin duda la ceremonia con la red carpet que más y mejor provecho le ha sacado al color coral en esta temporada, sentenciando la gama de los carmines, cerezas y nudes como la fórmula del éxito para vestir de fiesta en la recta final del verano. Los protagonistas: desde el Givenchy con espalda de encaje de Claire Danes, el espectacular vestido con capa de Zac Posen para Heidi Klum, el mencionado crop-top en coral y blanco de Sarah Hyland, de Christian Siriano, o una espectacular Kaley Cuoco vestida por Monique Lhuillier, con un vestido de volantes en rosa sobre rojo que recordaba al traje de novia en color chicle que la actriz escogió para su boda junto a Ryan Sweeting a principios de año.

Rojo y rosa con aire ‘real’: las princesas Victoria y Magdalena de Suecia, en Estocolmo

El universo de las royal también ha aportado su granito de arena a la confirmación del rojo y rosa como color trend del verano 2014, concretamente en la figura de Victoria de Suecia, que esta semana asistía a la ceremonia de premios organizada por la Real Academia Sueca de Música en Estocolomo, luciendo un precioso vestido sin mangas en color rosa, con bajo volado ligeramente más largo por detrás, y detalles de flores. El contrapunto lo ponía la hermana menor de la heredera al trono sueco, la princesa Magdalena, que cerraba el círculo de este look combinado con un conjunto de falda larga en color cereza, y top con manga a la muñeca con bordados de lentejuelas.

Chloe Grace Möretz tiene todas las papeletas para convertirse en futura ‘it-girl’

Nuestro último ejemplo para las invitadas que asistan a una boda en este tramo final de la temporada estival no podía ser otro que este look, que defendía la jovencísima Chloe Grace Möretz en la alfombra roja de los premios MTV de vídeo hace sólo unos días. El modelo: un espectacular dos piezas de la colección resort de Louis Vuitton, con pantalón de pinza en color rosa chicle, top en magenta con bordados de pedrería, y sandalias neón.

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El hombre que calza los sueños de miles de mujeres

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Antonio, el camarero italiano de Bibendum –luminoso restaurante de Fulham Road donde hemos comido y cenado en un mismo día– tiene un bigotillo fino a lo Errol Flynn que divierte a Manolo Blahnik. El problema es que Antonio no sabe quien es Errol Flynn y pese al gesto pícaro no le ve la gracia a parecerse a aquel irlandés nacido en Tasmania y convertido –por gracia de aquel bigotillo– en la legendaria estrella de Murieron con las botas puestas.

– “¿Y Pupetta Maresa? Esa sí la conoces ¿verdad?”, pregunta retórico Blahnik en su perfecto italiano. “Era italiana del sur. Una belleza de los 50 y 60. Una chica increíble”, le aclara sin esperar respuesta

Sentado en un rincón privilegiado de Londres, donde en una mesa vecina puedes encontrar a Michael Caine cenando con su esposa, el célebre zapatero canario (Santa Cruz de La Palma, 1942) lamenta algo que para él es una certeza: en apenas un par de generaciones todo un mundo –y sobre todo una forma de estar en el mundo– se extinguirá sin remedio. Y él, y su trabajo, dejarán de tener sentido, porque sus preciados zapatos habrán perdido una de sus mágicas e inasibles cualidades: la memoria.

La excusa que nos acerca esta vez al hombre que calza los sueños de miles de mujeres de todo el mundo es una anomalía: su primera colección de zapatos para hombres. Blahnik siempre ha diseñado cuatro o cinco modelos masculinos que confeccionaba para él y pocos afortunados más. Pero ahora, con más de 40 modelos en fábrica, pretende ir un paso más allá. La colección fue presentada en enero en uno de sus lugares londinenses favoritos, la casa museo del arquitecto Sir John Soane, situada al norte de Lincoln’s Inn Fields. Un edificio de principios del XIX repleto de los libros, cuadros, muebles y antigüedades coleccionados por el excéntrico personaje y que haría las delicias de cualquier amante de los gabinetes de curiosidades. Un telón de fondo decimonónico para una colección que bebe de referencias austro-húngaras (en las botas), estadounidenses (en los zapatos bicolores) o españolas (en los de noche). Iluminados con velas, los pares se camuflaban entre esculturas, misteriosos escalones y hasta un sarcófago. Casi vivos, proponen uno de los juegos favoritos del diseñador: ir descubriendo historias.

En su despacho taller, y mientras se prepara para la mudanza a unas nuevas oficinas en el barrio de Marylebone, esas historias invaden hasta el último rincón de la pared y del suelo. Es imposible apartar la mirada de la mesa de trabajo, de su divertido caos. Se acumulan materiales, papeles y mucha tarea. Desperdigados por el cuarto, zapatos planos, con tacón ancho o de aguja, botines de noche, de brocados y de pieles. Cada uno evoca un relato. Los zapatos de hombre se han cruzado en el camino con una colección cápsula de tres calcetines unisex para Falke, que solo se venden en una tienda de Londres. “Los calcetines conectan el pie con el resto de la ropa, tengo miles, de tantos colores y materiales, es una de las prendas más divertidas que existen”, asegura Blahnik.Manolo Blahnik posando para ICON en Londres, donde tiene su taller despacho.

Los bocetos y materiales para la colección de la primavera-verano de 2016 se mezclan con algún prototipo del próximo invierno, fotos recortadas, notas, pompones rojos (“¡me vuelven loco!”) y las primeras pruebas de un singular y monumental libro de memorias creativas que edita Rizzoli y que se presentará en septiembre en Nueva York, coincidiendo con la entrega del Couture Council Award for Artistry in Fashion, del Fashion Institute of Technology. El libro, un banquete de palabras e imágenes, resume perfectamente la esencia heterogénea y exuberante de Blahnik y también su elegante armonía. A través de sus páginas, viaja por sus obsesiones utilizando diálogos con amigos y creadores como los cineastas Pedro Almodóvar y Sofía Coppola, la influyente especialista en los clásicos de la antigüedad Mary Beard o la conservadora del Museo del Prado Manuela Mena.

Por si fuera poca cosa, cuando el volumen ya esté en imprenta empezará el rodaje de una ficción documental sobre su vida dirigida por Michael Roberts y con Rupert Everett en el papel del zapatero. “Como yo soy alérgico a las cámaras saldré muy poco, solo en algunas escenas, hablando. ¡Mucho mejor Rupert que yo!”, afirma con una gran carcajada.

La adicción al trabajo y su inagotable energía no le permiten tomarse un respiro. “También podría darle mi parte médico, pero no me parece muy educado”, bromea sobre algo serio, los avisos de su cuerpos a un ritmo frenético. “El premio del Fashion Institute es el más importante de mi vida, y eso que en los últimos tiempos me han dado muchos. Lo cierto es que en general me incomodan bastante. Me gusta el reconocimiento pero tienen un aire de despedida que no me gusta tanto; estoy vivo, quizá no por mucho tiempo, pero de momento lo estoy. Además, cuando llega el momento de los agradecimientos no siempre sé qué decir. Hace unos días recibí un premio de la revista Elle, que me entregó el encanto de Naomi [Campbell]. El caso es que cuando tomé la palabra dije que las revistas de hoy debían mirar más al pasado. Mi intención no era ser grosero, ni siquiera pretendía ser una crítica, lo dije para alentar a los jóvenes a acercarse a los trabajos que hizo Diane Vreeland en Vogue o Harper’s Bazaar, por ejemplo, que se aprovechen de las ideas del pasado, que las usen, que las estudien, que se inspiren. Pero debí de explicarme mal y todo el mundo se quedó en silencio, fue un poco incómodo”.

Blahnik le quita importancia y se ríe. Bajando la voz, confiesa que aunque le gusta decir lo que piensa cada vez lo hace menos; cree que cierta incorrección es una manera necesaria de estar en la vida pero hoy, con la simplificación a la que empujan las redes sociales, todo se presta al malentendido y entonces es mejor callar.

Con su larga zancada, fiel al traje y los zapatos de mujer gastados, siempre a contracorriente del gusto dominante, recorre Chelsea en una de esas tardes soleadas que los londinenses celebran como un regalo de los dioses. Repara en una tienda nueva de telas para cortinas y sofás. Atraído por su linos envejecidos, de rayas y lunares y con preciosos colores gastados, entra en busca de muestras. Ante el pasmo de los educados dependientes pregunta cuanto tardarían en servir unos metros. Son fabricantes ingleses, le aclaran, así que no mucho. Ya en la calle, Blahnik celebra que aún queden pequeños reductos de manufacturas locales. “Entiendo los beneficios de la globalización pero no puedo aceptar todo lo que se ha llevado por delante. Yo creo en la idea de Europa pero no sé si en la idea de esta Europa. Europa no es solo una gran autopista. Hemos llegado a un mundo incomprensible y muy vulgar. Vivimos en un selfie permanente y me preocupa que los jóvenes crezcan sin memoria ni capacidad para mirar atrás”.

En su propia memoria, como antídoto al presente uniforme y pedestre, atesora una interminable lista de pasiones. Tiene su peculiar altar laico, construido con las imágenes de sus particulares ángeles de la guarda. Son muchos, pero la periodista y gurú de la moda Anna Piaggi y la modelo y diseñadora Tina Chow brillan con luz propia. Nadie se parece a ellas. De Piaggi, fallecida en 2012, guarda una imagen tomada por su marido, Alfa Castaldi, en 1987. De Tina Chow, fallecida en 1992, algunos de sus retratos más hermosos. Las echa de menos, y no se cansa de repetirlo. Pese a que no le gusta admitirlo, la nostalgia forma parte de su trabajo y de su modo de vida. Y eso que, como rezaba la maravillosa autobiografía de Simone Signoret, la nostalgia ya no es lo que era.

Ronda la medianoche y el cansancio le hace declinar la invitación a la fiesta de cumpleaños de Antony Price, el hombre que en los setenta vistió a Bowie y Bryan Ferry. Será una reunión de viejos amigos de aquellos años. “Pensar que entonces me pasaba el día en bicicleta, de las sesiones dobles y triples de cine a Northhampton, donde hacía mis primeros zapatos. Había pedido un préstamo en el banco y no paraba de trabajar, ir al cine y a fiestas. Nos pasábamos horas, hasta el amanecer, charlando y charlando. Yo hablaba por los codos, mucho más que ahora. Es curioso, pero empecé en este oficio haciendo zapatos para Bryan Ferry. Estaban inspirados en los saddle shoes, un modelo popular en Estados Unidos que me envió un amigo californiano. Eran un tipo de zapato de cordones, bicolores, que usaban los mozos de cuadra y que se puso de moda entre los estudiantes americanos en los años 50. James Dean los llevaba siempre. En Europa era muy raro ver zapatos blancos, no gustaban nada, pero yo no me quitaba los míos, me encantaban. Aún los tengo, los guardo como oro en paño. El caso es que yo presenté una colección de zapatos de mujer para Saint Laurent que no funcionó. Me rechazaron y cuando volví a Londres me puse a hacer saddle shoes para todos mis amigos, en todos los colores posibles: verde brillante con blanco, azul brillante con blanco… de todo. Fueron un éxito y todos los llevaban, las mujeres también. Los adoraban”.

Fue en ese momento cuando viajó a Milán y allí Anna Piaggi le llevó a conocer a los artesanos que cambiaron definitivamente el rumbo de su vida. “Empecé entonces a hacer zapatos de mujer, los traje a Londres y en tres días vendí toda la colección. Aparqué definitivamente los zapatos de hombre, me aburrían, dejé de hacerlos excepto algunos para mí y mis amigos, hasta ahora, después de tantos años. Quizá es extraño o tal vez es que así se cierra el círculo”.

Tag: zapatos mujer