septiembre 19, 2020

Giethoorn, donde se esconden las hadas

Afirman que las hadas solo existen si se cree en ellas. De ser de este modo, su escondite preferido está seguramente en Giethoorn, un pueblo de Holanda conocido como «La Venecia del norte» visitado por medio de paquetes de viajes. Sus canales y ciento ochenta puentes de madera, otrora precisos para desplazar al ganado, reciben ahora a miles y miles de turistas.

Ubicado al filo de un parque natural a ciento veinte quilómetros de Amsterdam, Giethoorn está a medio camino entre «La Región», vivienda de los hobbits de «El señor de los anillos», y los cuentos de hadas de los hermanos Grimn. Los canales trazan su cartografía, con lo que los vehículos solo pueden acceder hasta sus márgenes.

Su popularidad explotó en mil novecientos cincuenta y ocho con «Fanfare», una de las películas holandesas más vistas de todos y cada uno de los tiempos y que retrató su singular imagen. Turistas holandeses, belgas y alemanes se comenzaron a dejar ver, provocando el florecimiento de restoranes y tiendas. En la actualidad, el desarrollo de visitantes viene, sobre todo, de países asiáticos y árabes.

Doble vida

Existen 2 Giethoorn, afirman los locales. Uno está relacionado con su actividad turística, que se concentra en el centro entre las nueve y las diecisiete y treinta. Los visitantes pasean despacio y en pequeños conjuntos con sus cámaras colgadas al cuello, al tiempo que los residentes, a pie o bien en bici, los sortean con la habilidad del que se sabe de memoria el camino a casa.

«Depende mucho de si estamos en temporada alta o bien baja. En verano empleamos hasta 6 trabajadores», afirma Rudolf van Eeden, dueño de una tienda de porcelana y objetos de arte que lleva treinta y cinco años marchando. En invierno, una o bien 2 personas son suficientes para atender el negocio.Giethoorn, un pueblo de Holanda conocido como "La Venecia del norte". Sus canales y 180 puentes de madera reciben ahora a miles de turistas. EFE

«Nosotros estamos en el centro y acostumbra a estar lleno de gente. Ciertos adquirieron una casa y 5 años después se fueron pues no lo soportaban, mas el norte y el sur están menos explotados turísticamente. Allá se puede navegar mejor», agrega Van Eeden.

Las referencias de los locales al agua son continuas, puesto que muchas partes solo son alcanzables con una embarcación. Las compañías que las arriendan se concentran en el canal que conecta el centro de Giethoorn con el planeta exterior. No obstante, dentro del pueblo trabajan otras que ofrecen exactamente los mismos servicios por unos euros menos.

Ciertas barcas disponen de un motor fácil que cualquiera puede manejar, dando libertad al visitante para moverse por los canales. En ellos hay patos que se portan tal y como si fuesen los dueños del sitio, nadando de un lado al otro en busca del sol. Sus trayectorias solo cambian en el momento en que un turista les tira al agua pedazos de pan, haciendo que se lancen agobiados por el comestible.

Las sendas en bote más largas dejan dar un camino por el parque natural de Weerribben-Wieden, un humedal natural formado por bosques y lagos en los que se ven aves de todo género, insectos y, si hay suerte, nutrias, afirman los locales.

Otras sendas más cortas cubren el centro del pueblo, donde la circulación es fluida en temporada baja, mas en verano pueden formarse atascos. Las embarcaciones pasan bajo los pequeños puentes de madera, una de las señas de Giethoorn.

Ciertos tienen una valla que deja el paso solo al dueño, puesto que conectan las zonas peatonales con casas particulares, mas originalmente se levantaron para una función muy diferente: transportar ganado.

«Esto era muy rural ya antes de la llegada del turismo. Movían a las vacas de terreno a terreno con botes singulares para ellas, mas era más simple hacerlo por los puentes», apunta Gerrit Mol, dueño de una compañía de barcas.

La estampa cambia absolutamente desde las diecisiete y treinta, cuando los visitantes retornan por donde han venido. El bullicio de las conversaciones y los botes atravesando dan paso, en cuestión de minutos, a un silencio propio de campo. Ese que discurre en los pueblos donde el tiempo va más despacio. Donde las hadas, si se cree en ellas, retornan cada noche para dormir.

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