agosto 17, 2018

Gonzalo Vilariño: dar rienda suelta a nuestros sueños

“Agradezco a Dios haberme quedado ciego. Mientras vi, no conseguí nada; siendo ciego, soy campeón del mundo”. Esas frases que escuchó de uno de sus jugadores lo dejaron sensible y maravillado a la vez. Como director técnico de la Selección Argentina de Fútbol Sala para Ciegos, más conocido como Los Murciélagos, para Gonzalo Vilariño esa vivencia le iba a marcar un antes y un después en su vida. Y después de esa, se sucedieron infinitas situaciones que le darían un aprendizaje inconmensurable, que guarda en su corazón hasta el día de hoy. A los 41 años, después de haber dirigido y preparado físicamente para llegar hasta lo más alto del podio durante ocho años de gestión con la Selección, sigue buscando nuevos desafíos.

Mientras camina con nostalgia por el predio del CeNARD donde entrenaba con el equipo hasta hace unos años, cuenta que llegó de casualidad al mundo de los ciegos, cuando buscaba trabajo como profesor de educación física de alto rendimiento. Hasta ese momento vivía en su zona de confort pero atento a lo que el destino pudiera poner precisamente delante de sus ojos. Primero se le presentó la oportunidad de trabajar en el Instituto Nacional para ciegos Román Rosell, donde las condiciones edilicias y presupuestarias no eran las mejores, para luego saltar a “Los Murciélagos”, cuya realidad, en un comienzo, no era muy diferente a la anterior. En el 2002, cuando viajaron a jugar el Mundial a Río de Janeiro, donde luego se consagrarían campeones, perdieron el vuelo que los trasladaría a esa ciudad porque no contaban con el dinero suficiente para pagar las tasas de embarque del aeropuerto, por ejemplo. El tiempo pasó y bajo su gestión, entre otros títulos, lograron el más deseado: ser campeones mundiales en el 2006 y en Buenos Aires como sede.Gonzalo Vilariño: dar rienda suelta a nuestros sueños

Gonzalo siguió yendo por más en el universo del deporte para discapacitados y ahora es director técnico de la Selección Argentina de Fútbol sobre Sillas de Ruedas, también conocido como Powerchair Football. Son jugadores de diferentes edades que se mueven en sillas motorizadas adaptadas con una protección de pies que sirve para controlar y golpear la pelota. Con la expectativa del mundial que se jugará en Estados Unidos el año próximo, el interés es que se sume cada vez más gente y la actividad se haga más conocida. Sin embargo, Vilariño, que hace este asesoramiento de manera gratuita en un predio de General Pacheco, con toda su experiencia, es algo escéptico en el tema. Y aclara que este tipo de jugadores viven su cotidianidad más limitada que los ciegos. Padre de Juan Pablo, de 13 años (fanático de River, lo que le exige la tarea “monumental” de acompañarlo) y de Agustina de 11, muchas veces los lleva a los entrenamientos de Powerchair: “Quiero que sean flexibles, que se adapten a la realidad –cuenta sobre sus hijos. Les hace muy bien ir y ayudar, dar una mano. El otro día en la escuela a mi hijo le hicieron cambiar la goma de un auto y me pareció bárbaro”. Sobre ser entrenador de esta selección con la problemática de discapacidad motriz, añade: “Acepté ayudar a estos chicos porque me puse en su lugar, lo hablé con mi familia, que ya me había bancado bastante con tantos viajes con Los Murciélagos, y avancé y la peleo con ellos”. En el camino, en su particular montaña rusa de vida, Gonzalo Vilariño presentó su libro “Mi otra mirada”, basado en la experiencia de haber estado tan cerca de los heroicos jugadores de la selección de fútbol para ciegos, los que superaron todo tipo de adversidades para llegar a lo más lejos. Además ya lleva más de 120 conferencias y coaching para diferentes empresas. Asegura que el paralelismo entre el fútbol para ciegos y un equipo de trabajo es mucho más cercano que el que se imaginan y que si aquellos, los que no pueden ver, no se escucharan, no podrían jugar bien mientras que en los grupos de las empresas “hay poca escucha”. “A todos nos halagan, retan, felicitan y con ellos tiene que ser exactamente igual. Los que no tienen la posibilidad de jugar un deporte de manera convencional valoran mucho que se los trate igual como deportistas”, cuenta Gonzalo, que hace siete años se recibió de abogado en la UBA, idéntica profesión que la de su núcleo familiar.

En tiempos en que se debate sobre una Justicia con los “ojos vendados”, Vilariño toma la metáfora pero aclara que, en su caso, sus vivencias lo llevaron a ponerse en los zapatos de los futuros jubilados que lo consultan y él los ayuda, más allá de la cuestión legal. En su libro, se despide recordando que gracias a Los Murciélagos mira la vida de otra manera, con otros ojos, desde otro lugar. Que lo hicieron crecer como persona, inculcándole valores. “Estará en cada uno de nosotros elegir entre conformarnos tan sólo con soñar o bien dar rienda suelta a esos sueños de la misma forma que lo hicieron ellos: “sin ver” los límites…”. Vilariño dixit.

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